Estoy encantado con el Disco de Shakira, Fijación Oral. Además de la Tortura, que les cuento he bailado decenas de veces, en todas sus versiones mix, y que es una exaltación de ese ritmo exótico que es el Reggetton, algo que tiene futuro, he encontrado otras joyas musicales de apreciar en este cd. Esta “la pared”, una balada rock fuerte, existencialista, “Tús pupilas”, una balada totalmente romántica, debes en cuando hay que creer en el amor, tiene un bossa nova, muy bien interpretado con una excelente ingeniería de sonido, cuyo nombre se me escapa en este momento. Pero la que me está tocando las fibras es “NO”, una bella balada rock, intensa, con una voz muy pulida y educada. La letra me impacta por la carga psicológica que conlleva : nos envenenamos todo el tiempo. A veces amanece, y me lleno de temores, malestares psicológicos, se que todo no es color de rosa, y me enveneno con ideas preconcebidas, tristes, con lo que pasa en el mundo, pero uno no puede vivir con tanto veneno, como lo dice la canción. También veo que les pasa lo mismo a los seres más queridos, el único enemigo real que existe es uno mismo, uno es la persona que más se inflige daño. Tenemos problemas físicos, a veces económicos, otros sentimentales, pero nuestra mente puede ser un palacio o una cárcel, eso depende de nosotros mismos. Es un palacio, si buscamos en ella la imaginación, los sueños, las alegrías pasadas, si la alejamos del día a día, de los problemas minúsculos, de la rutina; y puede ser nuestra propia cárcel si nos atamos únicamente a la realidad, engrandecemos los problemas y nos aislamos de ese bello mundo que nos rodea. Todos los días amanece y anochece, solo esos instantes que nos da la naturaleza, son suficientes para creer que hay esperanza. Por ahora me voy a escuchar “NO” y a retomar mis lecturas.
Anoche salimos de marcha mi mejor amigo y yo, por las callejuelas del centro de Bogotá y Chapinero. Pero hoy viernes estoy cansado y algo agobiado, los viernes son un poco así, a la espera de conocer alguien, de vivir algo nuevo o tal vez irme a casa a estar solo, esta premisa de Baudelaire me reconforta :
"El que no sabe poblar sus soledad tampoco podra estar solo en la muchedumbre"
No es literal pero vale.
Una noche más
No lo podía creer, a pesar de la lluvia sesgada y fría que caía insistente sobre el asfalto gris de mi chapinero enigmático, el estaba ahí, bello como siempre, con su apariencia entre amigable y soterrada. Cumplió la cita, frente a la discoteca de siempre, con el mismo corre que corre que inundaba su vida, que digo, su “negocio”.
Que quieres hoy, pregunto con alcahuetería, a ti no, eres muy costoso, y siempre tienes que hacer. Podemos pasar por la pasarela, me indicó, refiriéndose a esa cuadra a media luz, que limita con decenas de bares, tranquilos en apariencia, todos con la misma música que retumba en los oídos de esos seres desenfrenados que los visitan. La pasarela está casi desocupada, debido a esa llovizna paramuna persistente. Pero hay dos chicos, muy jóvenes, nerviosos, con sus aromas baratos, réplica de olores más finos. Uno de ellos sonríe, y ese simple gesto me complace, después de ver tanto chicos “lindos”, por no decir bellos- palabra que conlleva mayor envergadura, hermosura - mudos, impávidos, convencidos de su belleza, pero sin saber que hacer con ella. Este chico de la sonrisa, es alto, delgado, a la usanza de la nueva estética, bien vestido, a la moda, no se, pero limpio sin duda, expresión muy arraigada en la jerga de clase media sabanera, pobre, pero limpio. Sus facciones son comunes, a excepción de esos labios gruesos, herencia quizás de antepasados más mulatos, más negros. Su maquillaje sutil, ensalza sus ojos, su cabello rizado muestra de una juventud a apenas iniciada. Te gusta él, me pregunta mi acompañante, puede ser, contesto alegre y claro bebido. El solo te cobra $ 20,000 más la residencia, mote, posada, o cualquiera de esos adjetivos que pretender dignificar esos lugares húmedos, sin luz, con sábanas baratas, que rodean las calles aledañas, y que son el fortín de los amores furtivos que se cocinan en los viernes de nuestra rumba. No lo pienso más, me inquieta de nuevo la inseguridad, término tan de boga en el país, pero a la vez que me inquieta, me excita, me enaltece. Sin palabra que medie, camino calle arriba con ese nuevo ser a conocer en cuerpo y mente, placebo paliativo, veneno dulce. La calle refleja con sus charcos las rejas de almacenes a esta hora cerrados, mañana abiertos a compradores compulsivos. Al llegar a la esquina de la 60, con no se carrera el viento resopla desde los cerros y entumece los huesos. Cruzamos presurosos al norte, ambos contentos, el porque baja bandera, yo por el aliciente de un nuevo cuerpo . Al entrar, el me susurra al oído: lo que quieras, en mi mente lenta por la droga y el alcohol, no le entiendo. A la afirmación, que me pareció más una pregunta, le contesto: ya lo veremos. Dice estar necesitado de un ron, le digo, no tengo dinero, en esa manía de ahorrar, país de pobres. El me dice, si me pagas ya, yo lo compro, le pago y tremenda sorpresa, pide un cuarto de ron, la mitad de sus servicios, el cual toma ávidamente. Una escena tan contraria, a la sucedida horas antes, en la terraza de un centro comercial, a la luz del sol, con otro muchacho tímido, renuente a todo y lo más desesperante completamente sobrio, tomando una gaseosa, metáfora de sus carácter poco sólido.
Y este nuevo niño, amigo de la madrugada, con el calor en su piel, se desnuda lenta, calculadamente, con el habito que si hace al monje, pero al reverso, ahora al puto, al prostituto, al gigoló, el hábito que es su piel, su cuerpo. Sus manos recorren mi cuerpo, lenta, estudiada y instintivamente a la vez, buscando mi punto de quiebre, mi centro del placer, lo logra en minutos, lo que menos tiene es tiempo, y yo me excito a le vez, tomando su cuerpo, caliente ya por el ron, por el placer, por un profesionalismo en su quehacer. Me besa locamente, lengua con lengua, puto amador, impulsor del delirio. Poro aquí llego con el detalle de esta narración. El orgasmo llega, y la conversación fluye, sus historias estimulan mi mente, sus desdichas me acercan a él, mis mentiras le agradan, y el juego del cuerpo se transforma en complicidad mental. Yo prostituto de mi mente, el prostituto de su cuerpo.
Mientras este niño de la noche se toma el duchazo de rigor, limpieza de nuevo, pobres pero limpios, pienso en ese niño de la tarde, renuente a la caricia, ahogado por su conciencia, infeliz por deseo propio, caminando los escalones del centro comercial, con una media sonrisa de miedo. Su conversación era vana, fútil, sosa, babosa, sin vida, sin historias que contar , todo un material que pulir, tan solo materia prima que moldear. En cambio este cuerpo bajo la ducha, vivido y vivaz, literatura pura, juglar de la noche, eterno gozador, me habla al óido : hicimos lo que quisiste, es hora de partir. Me visto apresuradamente, camino ese pasillo lúgubre, oscuro que nos separa de la calle, y salimos victoriosos, por lo menos yo, ilusión cumplida. Una despedida, un taxi que coger, otro peligro que asumir, maldita ciudad de miedos y desconfianzas, donde la soledad se ahoga en el licor.
Hola, para donde vas, me dice un taxista atractivo, por lo menos ante mi grado de embriaguez y satisfacción, para aquel barrio de suburbio familiar, le contesto. Algo muy lejos me dice, pero no importa reafirma, usted tiene una historia que contar, cual ?, le pregunto, la que acaba de vivir, y que medio chapinero se enteró. Como así, este tipo plantado a mirar aventuras furtivas, otra fuente de literatura detrás de un volante. Pero como si fuera el amigo de marras, el compiche de aventuras, le cuento con desaforo y con miles de detalles mi excursión a ese mundo de placer con paga. El, entre aterrado y complacido, me pregunta cuantos años me pone usted ?, expresión recurrente en los juegos del amor furtivo, la decencia me impulsa a calcularlos, quitarle cinco, fórmula mágica, y expresarlo. Oh Gracias, me contesta tranquilo, ya llegamos le digo, vive solo? interroga, si, le confirmo. Amanece, la soledad se ha disipado, estoy contento, se que ella volverá pronto, recurrente, con la misma insistencia inevitable de la muerte.
Autor : JMS